Extrctos del libro ENCUENTRO CON
LA SOMBRA.
El poder del lado oculto de la naturaleza humana
Edición a cargo de Connie Zweig
y Jeremiah Abrams
(2DA PARTE - FINAL)
Sin embargo, aunque hoy en día existan personas que tengan gran comprensión de sí mismas, la mayor parte
de nosotros distamos mucho de poseer este nivel de autoconocimiento. El autoconocimiento es de capital
importancia porque nos permite acercarnos a ese estrato fundamental, a ese núcleo esencial del ser humano en
el que moran los instintos y radican los factores dinámicos preexistentes que determinan las decisiones éticas
de nuestra conciencia. Este núcleo es el inconsciente y sus contenidos, acerca de los cuales no podemos emitir
ningún juicio definitivo. Cualquier idea que nos hagamos del inconsciente será errónea porque nuestra
capacidad cognitiva es incapaz de comprender su esencia y de imponerle límites racionales. Para alcanzar el
conocimiento de la naturaleza es necesaria la ciencia, que amplía nuestra conciencia y, de la misma manera,
para profundizar nuestro autoconocimiento necesitamos de la ciencia, es decir, de la psicología. No es posible
construir un telescopio o un microscopio, por ejemplo, a fuerza de buena voluntad sino que para ello es necesario
tener profundos conocimientos de óptica.
Hoy en día la psicología resulta de capital importancia. Nuestro conocimiento del ser humano es tan parcial y
dis torsionado que el nazismo y el bolchevismo nos han dejado perplejos y confusos. Estamos frente al mal y
no sólo ignoramos lo que se halla ante nosotros sino que tampoco tenemos la menor idea de cómo debemos
reaccionar. Y aunque supiéramos responder seguiríamos sin comprender «cómo ha podido suceder esto». Con
manifiesta ingenuidad un estadista afirma que no tiene «imaginación para el mal». Efectivamente, no tenemos
imaginación para el mal porque es el mal el que nos tiene a nosotros. Unos quieren permanecer ignorantes
mientras que otros están identificados con el mal. Esta es la situación psicológica del mundo actual. Hay quienes
se llaman cristianos y creen que pueden aplastar el mal a voluntad; otros, en cambio, han sucumbido al
mal y ni siquiera pueden ver el bien. El mal ha terminado convirtiéndose en un poder visible. La mitad de la
humanidad crece en el seno de una doctrina basada en la especulación mientras la otra mitad enferma por falta
de un mito adecuado a la situación. El pueblo cristiano ha llegado a un callejón sin salida, la cristiandad
dormita y hace siglos que olvidó revitalizar sus mitos.
Nuestro mito ha enmudecido y ha dejado de dar respuestas a nuestras preguntas. Como dicen las sagradas
escrituras, la culpa no es suya sino exclusivamente nuestra ya que no sólo hemos dejado de desarrollarlo sino
que hemos reprimido todos los intentos realizados en ese sentido. La versión original del mito nos ofrece un
amplio punto de partida y múltiples posibilidades de desarrollo. Al mismo Cristo, por ejemplo, se le atribuyen
las siguientes palabras: «Sed astutos como las serpientes y mansos como las paloma s». Pero ¿para qué se necesita
la astucia de las serpientes y qué tiene que ver ésta con la inocencia de las palomas?
La cristiandad sigue sin contestar a la antigua pregunta gnóstica «¿De dónde proviene el mal?» y la cauta
insinuación de Orígenes de la posible redención del mal sigue siendo calificada como herética. Hoy nos
vemos obligados a reformular esta pregunta pero seguimos con las manos vacías, desconcertados y confusos y
ni siquiera podemos explicarnos que -a pesar de la urgencia con la que lo precisamos- no existe ningún mito
que pueda ayudarnos. La situación política y los aterradores -por no decir diabólicos- avances de la ciencia
despiertan en nosotros secretos estremecimientos y oscuros presagios. Pero ignoramos la forma de salir de
esta situación y hay muy pocas personas que crean que la posible solución descanse en el alma del ser
humano.
De la misma manera que el Creador es completo también lo es Su criatura, Su hijo. El concepto de totalidad
divina es global y nada puede separarse de El. No obstante, sin ser conscientes la totalidad se escindió y de
esa división se ori ginó el mundo de la luz y el mundo de las tinieblas. Esta situación, como podemos advertir
en la experiencia de Job o en el ampliamente difundido Libro de Enoch (pertenecientes al período
inmediatamente precristiano) estaba claramente prefigurada antes incluso de la aparición de Cristo. El Cris -
tianismo perpetuó posteriormente esta escisión metafísica. Satán -que en el Antiguo Testamento pertenecía
todavía al en torno próximo a Jehová- constituyó a partir de entonces el polo eterno diametralmente opuesto al
mundo divino. No se le podía extirpar. No debe, por tanto, sorprendemos que ya en los mismos comienzos del
siglo XI apareciera la creencia de que el mundo no era una creación divina sino diabólica. Esta ha sido la nota
predominante que ha caracterizado a la segunda mitad del eón cristiano, después de que el mito de la caída de
los ángeles explicase que eran esos ángeles caídos los que habían enseñado al hombre el peligro sobre el
conocimiento de la ciencia y del arte. ¿Qué hubieran dicho esos viejos narradores de haber presenciado el
desastre de Hiroshima?
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